lunes, abril 28, 2008

LA DIALÉCTICA ENTRE NORMALIDAD Y EXCEPCIÓN

Por Nicolás Patrici (*)

Desde tiempos remotos, los ciclos políticos están signados por la dialéctica entre la Normalidad y la Excepción. Podríamos afirmar que el ciclo político supone la fundación del régimen, su establecimiento, su decadencia y finalmente su crisis: Revolución, Fundación, Revolución.

De Polibio a Maquiavelo, de Maquiavelo a Marx y de Marx a Carl Schmitt mucho se ha dicho sobre cada elemento del ciclo. Sin embargo, existe una constante en la naturaleza del ciclo. Luego de la revolución, se supone, se sigue la “institucionalización” de lo nuevo y, por ende, la aparición de un nuevo nomos concreto dominado por la pura y aburrida normalidad. La función básica de la revolución parece ser el establecimiento del espíritu que sostiene, que se encuentra detrás del nomos fundado.

Inclusive el marxismo aceptó esta lógica teórica. La dictadura del proletariado tenía fecha de caducidad. Es que todo dictado tiene fecha de caducidad. Ésta, está signada por el mismo sentido temporal del dictado.

Una vez dictada la lógica del nomos —cualquiera sea ésta— de lo que se trata es de establecer los mecanismos necesarios para “conservar el orden fundado”. Quizás sea ésta la tarea más compleja del hombre político. Tal como suponía Maquiavelo, el fin de una República no es otro que su propia preservación.

Sabemos, desde los griegos en adelante, que quizás la mejor manera de conservar el espíritu que la fundación dictó y se cristalizó en un nomos concreto es el establecimiento de mecanismos institucionales que sean capaces de contener las pasiones de los hombres; y sobre todo de aquellos que ocuparán el lugar central de la toma de decisiones durante el funcionamiento normal del nomos.

Así, sabemos por Plutarco que “Amongst the many changes and alterations which Lycurgus made, the first and of greatest importance was the establishment of the senate…” .

Quizás el libro del Éxodo sea el mejor ejemplo de ese siempre tortuoso momento, que tal como lo describió Arendt, supone un camino pantanoso entre el pasado y el futuro. Pero hasta el éxodo tiene un final. El establecimiento del Reino de Israel supone el final de la transición entre un pasado que ya no es y un futuro que está siempre más allá del camino.

Ahora bien, el punto central es que la revolución permanente supone la anulación misma de los objetivos de la revolución. Sobran ejemplos históricos al respecto, los casos de Cromwell, de Stalin y de Fidel quizás sean los que más rápido vienen a la mente de cualquiera.

Sabemos también por Carl Schmitt que, el momento revolucionario, el momento fundante, es el momento político por excelencia. Pero puesto que lo político se encuentra en los límites de la normalidad está siempre en tensión con la normalidad. La excepción y la norma conviven entonces en una relación traumática. Un elemento supone la anulación del otro elemento.

La teoría jurídica encontró en la figura “estado de excepción” la manera de encauzar en la legalidad a lo que de por sí es no legal. Pero, otra vez, el fin de la excepción —tal como el fin de la dictadura comisaría romana— es el reestablecimiento del orden.

Si no se encuentra fin a la excepción, la excepción misma lo destruirá todo. Tal vez sea ésta la lección de la historia política que le matrimonio que gobierna la República Argentina no haya comprendido jamás.

La crisis de la que surgió el Kirchnerismo suponía la necesidad de generar un novum ordo. Los dos primeros años de la presidencia del Sr. Kirchner fueron años equiparables a un éxodo: la Argentina estaba entre aquellas cacerolas que rompieron un orden anterior y el camino a un nuevo porvenir. Así, nadie negó su capacidad de gobernar en la excepción (decretos, ley de emergencia económica, acumulación de poder, reestablecimiento del poder ejecutivo). Sin embargo, el Sr. Kirchner quedó atrapado en sus propias pasiones. Fue incapaz de fundar, de dictar la normalidad: por el contrario, abrazó como un fundador frustrado el camino interminable del éxodo, donde él, su esposa y sus amigos son los únicos garantes del orden. Un dictado sin institucionalización, sin límite, sin renuncia.

Tal vez alguien deba acercarle al matrimonio Kirchner la escalofriante lección presente en el Federalista 38: “(…) And Lycurgus, more true to his object, was under the necessity of mixing a portion of violence with the authority of superstition, and of securing his final success by a voluntary renunciation, first of his country, and then of his life (…)”.

Sin embargo, la renuncia al éxodo permanente reclama, tal como reza el texto del federalista, un patriotismo que es propio sólo de seres humanos excepcionales. Los Kirchner han demostrado no serlo.

(*) Visiting PhD Researcher del Departamento de Filosofía de la Universidad de Leiden (Holanda).

1 comentario:

Carlos dijo...

No nos olvidemos muchachos del "ORDO AB CHAO", del que ciertos amigos saben provocar...

Un abrazo